Una obra nostálgica sin ironía ni emoción Han Solo.

Una historia de Star Wars queda a deber a los seguidores de la saga
Por: José Felipe Coria

La ópera pop clave de la ciencia ficción, la saga Star Wars, la más reconocida del cine contemporáneo, actualmente busca expandirse como si fuera el Universo Marvel/DC. Para ello convierte a sus presencias icónicas en protagonistas de El ocaso de los dioses (o de los héroes sin superpoderes); en figuras devastadas por el tiempo.

La trilogía original (1977-1983) osciló entre lo genial y lo deficiente, la secundaria de precuelas (1999-2005) fue por completo intragable, y la nueva en proceso (2015-2019) incluye cintas alternativas, rémoras de la serie principal, sobre un pasado idílico y artificial agrupadas como A Star Wars story.

Tras la regular Rogue One, toca el turno a Han Solo: una historia de Star Wars (2018), disparejo filme 25 del destajista con buen oficio Ron Howard, que tomó las riendas al ser despedidos los directores originales Phil Lord & Christopher Miller por manosear demasiado el guión con su gracioso humor anarquista, lo que disgustó al estudio Disney, que pretendía una posmoderna cinta de ciencia ficción con clichés del western, tal cual lo propuesto por los guionistas padre e hijo Lawrence & Jonathan Kasdan, con quienes Howard rehizo casi todo el filme.

Este episodio cuenta el origen de Han (Alden Ehrenreich), una especie de forajido galáctico; cómo conoce a Chewie y vuela por vez primera el Millenium Falcon, la legendaria nave. 

También su encuentro con Lando Calrissian (Donald Glover) y quien fue su interés amoroso: Qi’ra (Emilia Clarke, dándole un poco de vida a una historia plana). La cinta funciona, hasta cierto punto, por los actores, su noción medio inspirada de espectáculo a la deriva y porque pretende ser una obra nostálgica de la original creada por George Lucas.

Debido a ciertas inconsistencias no dejará satisfechos a los admiradores de la serie; el público común tampoco encontrará mayor novedad, y los seguidores de Marvel/DC verán cómo Star Wars ya quedó a la saga del superhéroe contemporáneo. Decepciona por su falta de ironía y de emoción; por el tono solemne, rutinario, en la dirección de Howard, preocupado por el taquillazo antes que lograr un filme a la altura de la mitología que pretende homenajear.

article_bodynunca_estaras_a_salvo_60965084.jpg
Nunca estarás a salvo (2017), sorprendente cuarto filme de la brillante directora escocesa Lynne Ramsay, experta en familias llevadas al extremo, es una historia que se decanta por el realismo duro. Aborda cómo un en apariencia sencillo ex soldado veterano, Joe (Joaquín Phoenix), trabaja en área demasiado gris de seguridad: al margen de la ley. Donde actúa con lujo de violencia. Sin dejar huella.

Su nueva encomienda es rescatar a la adolescente hija de un político Nina (Ekaterina Sansonov). No sólo eso. Tiene que lidiar con sus propios demonios internos. Ramsay desafía cualquier convencionalismo. Su concepto de violencia rebasa lugares comunes y convierte al filme en la lógica de una mente fragmentada —o con lagunas—, anuncio de una psicopatía que no se atreve a decir su nombre. O que estalló sin aviso.

Joe es un antihéroe perfecto que trabaja eficazmente. Su peculiar ética le sirve de motivación al descubrir que Nina sería víctima de un complot más enredado de lo que en principio parecía. Ramsay explora sin morbo las facetas de la violencia; destila la esencia devastadora de la oscuridad en que está inmersa una sociedad en inquietante espiral de deterioro familiar; retrata en cada uno de sus personajes miedo y angustia. Un filme provocador. Cercano a lo genial.

D L M M J V S
1 2
3 4 5 6 7 8 9
10 11 12 13 14 15 16
17 18 19 20 21 22 23
24 25 26 27 28 29 30

COMENTA