El estreno de la semana: Un nuevo episodio de Halloween

En el título 11 de estos filmes la hermana de Myers lo enfrenta mucho más armada
Por: José Felipe Coria

El filme 13 del director con disparejas habilidades para la comedia vulgar David Gordon Green, Halloween (2018), busca ser una secuela digna de la obra maestra del horror, Halloween (1978, John Carpenter), al narrar cómo Laurie Strode (Jaime Lee Curtis) lleva cuatro decenios esperando el encuentro final con su sociópata hermano Michael Myers. Esta vez la acompañan su hija Karen (Judy Greer) y su nieta Allyson (Andi Matichak).

La idea parecía interesante por su carácter simbólico. Tres generaciones de mujeres contra la imagen del mal absoluto. Justo es recordarlo: la historia inicia con Michael niño asesinando a su hermana Judith en el pueblo de Haddonfield. Ya adulto quiere matar a Laurie la noche de brujas de 1978. Lo original de esta cinta fue el final: el psiquiatra Sam Loomis (Donald Pleasence) disparó a Michael y vio cómo cayó de un segundo piso a una muerte segura. Pero sobrevivió, volviéndose la figura sobrenatural conocida como el Coco.

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Laurie dedica su vida alimentando una neurosis: estar lista para acabar con Michael. El tema es cómo, si él no tiene humanidad: es el diablo inmortal. Al resistir las balas de una pistola Mágnum calibre 357 sobrevivirá cualquier cosa. Imposible usar armas para detenerlo. ¿No sería mejor pedir ayuda a un brujo, un satanista, un sacerdote? No para Green, que arma a Laurie, la literal “abuelita de Halloween”, con cuanto rifle para ver si somete a Michael. El resultado cualquier espectador atento lo adivina.

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Pero, 40 años más tarde, el seguidor de la serie debe “olvidarse” de las nueve secuelas previas para entender por qué Laurie teme esta específica noche de brujas. ¿Qué hace el director con esto? Una convencional peliculita de terror, que 1) copia el estilo visual de la versión 1978, acertando bien, cierto, en unas secuencias, y 2) usa de nuevo la notable música compuesta por Carpenter mismo, sin que consiga replicar el miedo de la inquietante atmósfera original. La novedad es que varios personajes secundarios sirven como “descansos cómicos”, aligerando lo enfermizo de tan disfuncional familia.

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Quien desconozca el filme uno encontrará gratuito el cómo y por qué Michael regresa a casa. Quien haya seguido la saga, comprenderá la tomada de pelo que es la “nueva” historia. Porque a) pretende provocar amnesia con lo sucedido el resto de la noche de 1978, en la parte dos (1981), donde Laurie sobrevive en una clínica el asedio de Michael; y b) recicla ideas de Halloween: resurrección (2002): Michael escapa del hospital psiquiátrico (para al fin matar a Laurie) por culpa de un reality show (ahora lo hace a consecuencia de un podcast); y de Halloween H20: veinte años después (1998), donde “muere” mientras intenta la matanza de su hermana y sobrino, siguiendo el mismo esquema de las partes 4 (1988), 5 (1989) y 6 (1995) (aquí era sobrina, idea ahora recuperada).

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Además, esta continuación —una especie de universo paralelo—, está próxima al barato psicoanálisis de cantina hecho por Rob Zombie cuando hizo el refrito del argumento —y la predecible mala continuación—, en Halloween: el inicio (2007) y Halloween II (2009). El resultado: Green suma el título 11 a este descuidado conjunto de películas,  haciéndolo el más absurdo del género.

Contar una vez el chiste tiene gracia. Repetirlo 10 veces, diciendo que nomás va la segunda, es puro choteo; una broma para el Día de los Inocentes y no para el de Muertos. ¿Qué sigue? ¿Halloween 60: Michael Myers ahora sí mata a su tatarabuela?

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