Con Ant-Man el tamaño sí importa

La película dirigida por Peyton Reed, que se estrena este fin de semana, divierte al espectador sin pretensiones.
Por: José Felipe Coria

La metafísica del superhéroe consiste en superar lo humano, pero estando a su servicio. Con ello cumpliría el credo del fundador del Universo Marvel, Stan Lee: “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”.

La responsabilidad tiene diversas facetas en dicho universo, actualmente en fase de transfigurarse hacia una diversión absoluta. Como algunos héroes de su nómina manifiestan cierta solemnidad, dos de ellos rompen el esquema: Deadpool y Ant-Man.

Éste en 2015 tuvo su primera cinta, concebida como película serie B de antaño. Aunque con mucho presupuesto, el concepto se mantiene: tener libertad creativa y ligereza para atrapar al espectador.

Ant-Man (Paul Rudd) tiene un sentido del humor gracioso y hogareño. Lo confirma Ant-Man & Wasp (El Hombre Hormiga y la Avispa, 2018), sexto filme del director en firme ascenso Peyton Reed, donde Wasp (Evangeline Lilly) es la compañera ideal: busca una perfección ética, con ayuda de una tecnología que rompe con lo que previamente se sabía acerca de física cuántica.

Que quiere poseer, en una carrera de villanos, la elusiva Ghost, Fantasma (Hannah John-Kamen), en historia donde abunda el tono leve, los sobresaltos dramáticos con personajes de todo calibre —como Janet (Michelle Pfeiffer) la Avispa original perdida, esposa de Hank Pym (Michael Douglas), o el ex cómplice experto en seguridad Luis (Michael Peña)—, y la concepción del contrapeso héroe-paternal-carismático & filial-heroína-seria casi contra su voluntad. 

La complejidad narrativo-visual de la historia es resuelta con estilo de comedia. En especial cuando recurre a objetos al alcance de la mano, o hace diminutos o enormes a los héroes, los efectos tienen un impacto con el que se recupera la fe en el cómic fílmico como género vital.

El género aquí no requiere de aparatosos apocalipsis o saturación de imágenes computarizadas, para conseguir el objetivo principal de los cómics: divertir sin pretensiones. Claro, de vez en cuando da lecciones científicas dignas de una galleta de la suerte. Lo que es, de verdad, gracioso.

En la cinta la frase “el tamaño importa” se convierte en festín de efectos al servicio de la dramaturgia y su humor.

Lo visual rebasa la saturación en la que medio se empantanó el género. Es un entretenimiento suntuoso que destaca gracias a la foto del veterano Dante Spinotti, a la mano ligera de Reed y a las actuaciones que no se toman tan en serio. Cinta tipo matinée, de sencilla levedad, llena de emoción y risas.

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Lo mejor de la muestra 64. Último estreno importante de la reciente muestra, Un final feliz (2017) es la desquiciada obra magna doce para cine que retoma las obsesiones como autor del siempre brillante maestro Michael Haneke.

En apariencia su película más amable y ligera tiene, como en varias de sus previas, un tono próximo a un género reconocible o convencional. Haneke lo transforma en un fresco donde el humor es ácido y no digerible, debido a que usa dardos dramáticos envenenados: escenas y personajes que lanza para provocar emociones y reflexiones.

La originalidad de Haneke está en convertir a Un final feliz en filme de tesis, con barniz de comedia, donde la oscuridad conceptual golpea. Pero ligera, suavemente. Con estilo traslúcido (fotografía de Christian Berger) cual postal de falsa felicidad, imposible e impredecible.

Magistralmente dirigida, otro director habría llevado al naufragio esta notable cinta que revela varias facetas de una familia disfuncional y sus patologías.

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